domingo, 23 de abril de 2017

FELIZ DIA DEL LIBRO 2017




EN UN FORO POR AHI PREGUNTABAN HOY: QUE LIBROS TE MARCARON?

AQUI Y DE UN MODO MUY PERSONAL LOS LIBROS QUE ME MARCARON

POR ORDEN DE APARICION:

EL RETORNO DE LOS BRUJOS, MAS QUE ME MARCO ESTE LIBRO ME ABRIO MUCHAS MUCHAS PUERTAS INSOLITAS PERO ATRAYENTES ( A PESAR DE LA ESPELUZNANTE PORTADA DE LA EDICION EN ESPAÑOL QUE POSEIA ) SI, SI ES VERDAD EL CAPITULO DOS DEDICADO A PROFUNDIDAD AL MISTICISMO NAZI QUIZAS ES MUY PESADO.

DUNE. QUE MAS PUEDO DECIR? EL COMIENZO DE UNA GIGANTESCA SAGA DE OBRAS CUYAS LEJANAS SECUELAS ( HECHAS POR EL HIJO DEL AUTOR Y COLABORADORES ) SIGO DISFRUTANDO AUN HOY EN DIA , EL TERCERO DE LA SAGA, PARA MI ES IGUAL DE INTERESANTE QUE ESTE.

CANTICOS DE UNA TIERRA LEJANA. DUDE UN POCO AL CONTRASTARLA CON LA ODISEA ESPACIAL 2001. PERO ESTE LIBRO CON PROSA MARAVILLOSA COMBINA ALGO QUE ME ENCANTA; LA CIENCIA FICCION HARD CON LOS IDEALES HUMANOS CLASICOS, AMOR, MUERTE,DIOS. ME CUESTA SIEMPRE NO EMOCIONARME CADA VEZ QUE RELEO SU MUY HERMOSO FINAL.

NAVEGANTE DE LUMINOSA ETERNIDAD. TRAS LARGAS Y LARGAS CENTURIAS Y MUCHOS PARSEC FINALIZA LA INTERESANTE SAGA DEL NUCLEO GALACTICO, INICIADA HACE MUCHO TIEMPO EN UNA LEJANA TIERRA. UN FINAL QUE INVOLUCRA LA EVOLUCION Y EL DESTINO DE TODAS LAS RAZAS INTELIGENTES DEL UNIVERSO. MAJESTUOSO E IMPRESIONANTE.

LOS LIMITES DEL CIELO. OTRO GRAN FINAL DE LA SAGA DE LOS PUPILOS, DONDE DE MANERA MAGISTRAL SE DEVELAN LAS "MANIPULACIONES" DE LAS RAZAS SUPERIORES EN TORNO DE LA BUSQUEDA DE UNA LEJANA VERDAD.

HYPERION. AHORA MUY POPULAR POR "JUEGO DE TRONOS" SIMMONS PLASMO AQUI UNA OBRA SORPRENDENTE Y HERMOSA ES INEVITABLE CONTINUAR LEYENDO LA SAGA, EN ESPECIAL SU GRAN OPERATICO FINAL "LA CAIDA DE HYPERION" UNA GRAN MEZCLA DE PERSONAJES EXTRAÑOS Y MISTERIOSOS EN UN TELON DE FONDO DE DESTRUCCION GALACTICA. MUY POETICA Y SINGULAR.

EN LOS TEMPOS SAGATICOS

SANCHEZKY

P.D. ANIMENSE Y COLOQUEN EN LOS COMENTARIOS QUE LIBROS LOS MARCARON





viernes, 10 de febrero de 2017

NOTAS SOBRE CRICHTON. PARTE I




NOTAS SOBRE CRICHTON. PARTE I.

         Me considero afortunado, que desde temprana edad me haya tropezado con el libro de La Amenaza de Andrómeda ( insufrible traducción de The Andromeda Strain) y a su vez con Michael Crichton. Aparte de su estilo de narrativa atrayente e impecable, poseía una característica fundamental en todas sus novelas ( aspecto quizás compartido con Clarke ) que es la sección final de Apéndices y Comentarios, en donde el autor sobre una base terriblemente técnica y científica, nos exponía en una manera interesantísima, la base de las ideas expuestas en sus obras. Caso particular, lo constituyo su autobiografía “Viajes y experiencias” el cual no conocía y que encontré gracias a unos de esos “milagrosas” páginas web en donde consigues de manera asombrosa miles de miles de obras gratuitas.

         Leyendo sus primeros capítulos me veo obligado a reseñar dos ideas fundamentales que constituyeron sus vivencias de vida ( sospecho que en un futuro tendré que reseñar otras más ) Helas aquí:

IATROGENESIS.

Un ejemplo clásico:

         “El señor Erwin, un hombre de cincuenta y dos años, fue internado en el hospital  por causa de una mancha que su médico particular le detectó en el pecho durante una sesión rutinaria de rayos X. Ya ingresado, se repitieron las radiografías. La mancha existía, fuera de toda duda, y estaba en el lóbulo superior izquierdo del pulmón. Aconsejaron al señor Erwin que se operase, y él accedió. Pero, a la hora de firmar el formulario, solicitó tiempo para pensarlo. Al día siguiente insistieron en que debían intervenirle, él volvió a asentir, y de nuevo se echó atrás en el último segundo.

         Transcurrió así una semana. El señor Erwin no preguntó qué podía haber en su pulmón que requiriese una operación quirúrgica. No preguntó nada de nada. Y nadie se ofreció a contárselo, por un único motivo: una anomalía en la imagen radiográfica. Parecía tratarse de un tumor, pero no presentaba el perfil clásico. Erwin estaba muy nervioso, y el personal prefirió esperar.

         Por otro lado, una semana no era cosa de broma. No fue fácil justificar la estancia de una persona en una cama cara; pero el equipo médico no quería dar de alta al señor Erwin, porque temía que en cuanto saliera del hospital no daría ni un paso para confirmar su enfermedad. Aquello era un callejón sin salida. El señor Erwin seguía sin hacer preguntas sobre la intervención, y nadie le explicaba nada.

         Por fin, al concluir la semana, el doctor V, cirujano de un hospital próximo, fue al nuestro para dirigir las rondas de visitas. El doctor V, que había sido atleta en sus años mozos, era un hombretón tempestuoso que ejecutaba la cirugía con vigor y aparatosidad. El personal sometió a su juicio el caso del remiso señor Erwin. El doctor V se indignó por la forma en que se había consentido a aquel paciente, y quiso verle sin tardanza.

Entró en su habitación y dijo:

—Señor Erwin, soy el doctor V. Tiene usted un cáncer y voy a extirpárselo.

Erwin rompió en llanto y se dejó operar.

         Al día siguiente se realizó la intervención. Extrajeron al enfermo un cuerpo granulomatoso. En su centro encontraron una sustancia filiforme, que en el examen patológico fue identificada como ¡un resto de ternera! Aparentemente, en un lejano pasado el señor Erwin había inhalado un pedacito de carne mientras comía. El fragmento se alojó en el pulmón y, al ser recubierto por una capa protectora de tejido adquirió consistencia.

         Cuando despertó de la anestesia, el personal le dio la buena nueva. El señor Erwin continuó abatido. Lloraba con frecuencia. A medida que pasaban los días, dijo una y otra vez que los doctores le engañaban, que él sabía que tenía cáncer, que el doctor V había sido categórico. Los residentes le aseguraron que el doctor V estaba en un error, que no padecía aquella enfermedad. Le enseñaron los informes de patología. Se ofrecieron a mostrarle su historial. El señor Erwin no se creyó ni una línea.

         Unos días más tarde, Erwin se encaramó por la estrecha ventana de su habitación y se lanzó al vacío.”

         [Conclusiones: La confianza en algo es fundamental, por desgracia el Señor Erwin tenía una gran confianza en su idea de un cáncer, y nadie se puso a su nivel para hacerle llegar una explicación apropiada y comprensible ( es decir a su nivel ) de su estado y condición. La otra es, que la iatrogenesis aparecerá sin importar nuestras loables intenciones y que en este caso sin importar lo que hiciéramos, ocasiono de manera directa el fallecimiento del asesorado. Está por demás decir, el pánico que genera la condición/situación/palabra cáncer en muchas personas que aun de su inexistencia real prefieren quitarse la vida antes de encararse a dicha instancia.]

RAZONANDO SOBRE LAS EMOCIONES.

         “Quería aprender algo sobre la relación de los pacientes con su propio mal. Porque, aunque a los médicos les aburrieran los infartos, no era ése el caso, naturalmente, de quienes los padecían. Los enfermos eran casi todos hombres de entre cuarenta y cincuenta años, y el significado de su dolencia era evidente para ellos: se estaban haciendo viejos; aquello era un aviso de su inexorable mortalidad, y tendrían que alterar su régimen de vida, sus hábitos laborales, las dietas alimenticias e incluso, tal vez, las pautas de su comportamiento sexual.

         Por tanto, aquellos pacientes suscitaban en mí un enorme interés. Pero ¿Cómo abordarles?

         Tiempo atrás, había leído las experiencias de un médico suizo que, en los años treinta, aceptó un puesto de trabajo en los Alpes porque su ubicación le permitiría esquiar, su mayor pasión. Como es lógico, el galeno asistió a numerosos accidentados. Las causas de los accidentes de esquí le interesaban sobremanera, puesto que él también practicaba el deporte blanco. Preguntaba a sus pacientes cómo había ocurrido el percance, esperando escuchar que habían virado muy abruptamente, que habían tropezado contra un saliente de roca o cualquier otra explicación de índole deportiva. Pero, para su sorpresa, todos daban una razón psicológica. Decían que tenían un problema acuciante, que se habían distraído o algo similar. Aquel médico aprendió que una pregunta tan sencilla como «¿Por qué se ha roto la pierna?» encerraba respuestas fascinadoras.

         Resolví probar suerte con aquella táctica. Me pasearía por las salas y preguntaría a los enfermos: «¿Por qué ha tenido un infarto de miocardio?».

         Desde la perspectiva médica, la pregunta no era tan disparatada como pueda parecer. Durante la guerra de Corea, una serie de autopsias hechas a hombres jóvenes pusieron de relieve que la dieta norteamericana producía arteriosclerosis precoz a la edad de diecisiete años. Cabía presumir que todos aquellos pacientes habían vivido con las arterias seriamente atascadas desde la adolescencia. Un ataque cardíaco podía presentarse en cualquier momento. ¿Por qué la enfermedad había tardado veinte o treinta años en manifestarse? ¿Por qué sobrevino el colapso este mes y no el siguiente, esta semana y no la anterior?

[Esta es algo fenomenológico/kairos algo interesante de abordar.  Porque ahora?? O es que antes no existieron crisis vitales similares a esta??. Lo único que se me ocurre al mejor estilo Jungiano es realizar cartas astrales a los sujetos en el periodo que manifestaron ese ataque coronario. Arrojaran algo interesante?? ].

         No obstante, el «porqué» de mi enunciado también presuponía que los pacientes tenían alguna opción en el asunto y, por ende, cierto control sobre su mal. Temía que pudieran responder con ira. Empecé por el enfermo más bonachón del departamento, un hombre en la cuarentena que había sufrido un ataque benigno.

—¿Por qué ha tenido un infarto?

—¿De verdad quiere saberlo?

—Desde luego.

—Me han concedido un ascenso. La empresa exige que me traslade a Cincinnati, pero mi mujer rehúsa acompañarme. Tiene a toda su familia aquí, en Boston, y no desea ir conmigo. Esa es la razón.

         Me dio esta información de un modo completamente expedito, sin asomo de enfado. Animado, consulté a otros pacientes.

«Mi esposa habla de dejarme».

«Mi hija quiere casarse con un negro».

«Mi hijo se niega a estudiar derecho».

«No me han subido el sueldo».

«He pedido el divorcio y me siento culpable».

«Mi mujer quiere tener otro hijo y yo creo que no podemos permitírnoslo».

[ Interesante el uso de los mi y me, definitivamente son aspectos muy propios y personales, arraigados en lo mas profundo de la persona, mas alla de unas expectativas casuales parecieran ser parte propia del individuo, además de constituir una parte vital y solida (“rigida”) del sujeto].

         Nadie se indispuso conmigo al oír la pregunta. Por el contrario, la mayor parte de los enfermos movían la cabeza y me decían:

«Verá, he estado meditando sobre la cuestión…».

         Ninguno mencionó las causas médicas elementales de la arteriosclerosis, como el tabaco, la mala alimentación o una vida muy sedentaria.

         Sea como fuere, no me precipité en sacar conclusiones. Sabía que casi todos los pacientes pasaban revista a su vida cuando enfermaban de gravedad, intentando dilucidar qué podía haber originado su mal. A veces sus explicaciones eran de lo más incongruentes. Conocí a una enferma de cáncer que achacaba su dolencia a un gusto inveterado por la tarta de crema bostoniana, y a una paciente de artritis que culpaba a su suegra.

         Por otra parte, todos aceptábamos de una forma más o menos consciente que existía una relación entre los procesos mentales y la enfermedad. El calendario constituía una primera pista en ese sentido. Por ejemplo, la época tradicional para las úlceras de duodeno era el mes de enero, poco después de las vacaciones navideñas. Nadie sabía por qué era así, pero no podía descartarse el factor psicológico, o psicosomático, en la cadencia temporal de la patología.

         Otra pista era la asociación de algunas enfermedades físicas con una personalidad característica. También aquí pondré un ejemplo: un porcentaje significativo de pacientes con irregularidades gástricas ulcerosas tenían un temperamento irascible. Como es difícil convivir con esta dolencia, algunos doctores propugnaban que era ella la que agriaba el carácter; pero la mayoría sospechaban que era a la inversa, decían que era un mismo elemento el que dañaba la tripa y alteraba el talante.

         En tercer lugar, había un pequeño grupo de enfermedades externas que podían curarse mediante un tratamiento de psicoterapia. Las verrugas, la gota y la malfunción tiroidea respondían indistintamente a la cirugía y la psicoterapia, lo cual conducía a pensar que todas ellas tenían causas mentales directas.

         Por último, era una experiencia comúnmente compartida por las múltiples afecciones de la vida diaria, cómo el resfriado o las anginas, ocurrían en los momentos de mayor tensión, cuando solíamos sentirnos más débiles. Este hecho sugería que la capacidad del cuerpo para resistir a los virus variaba según la actitud mental.

         Toda aquella información me interesaba en grado extremo, pero en Boston, y en los años sesenta, estaba en el límite de lo admisible. Resultaba curiosa, sí. También era digna de comentario. Pero no debía profundizarse en ella seriamente. Los grandes avances de la medicina discurrían en una dirección muy distinta.

         Pues bien, yo había recogido mis datos de los pacientes cardíacos. Advertí que sus explicaciones tenían coherencia desde la perspectiva global del organismo, como una especie de representación material. Aquellos pacientes me relataban acontecimientos que habían afectado a sus corazones en sentido metafórico. Me contaban historias de amor, eventos tristes que les habían tocado la fibra más sensible. Sus esposas, familias y jefes no les querían. Les habían atacado al corazón.

         Muy pronto, sus corazones se resintieron literalmente del ataque. Experimentaron un dolor físico. Y ese dolor, junto con el ataque, iba a generar un cambio en sus vidas y las de quienes les rodeaban. Eran hombres que habían pasado el ecuador de su existencia, que estaban sufriendo una transformación cuyo hito sería aquel suceso patológico.

[  Sera que el padecer la condición cardiaca forma parte del proceso de transformación?? Suena maso pero….]

         Aquello nos abría toda clase de posibilidades. ¿Eran los factores psicológicos más importantes de lo que queríamos reconocer? Más aún: ¿Era la psiquis la causa fundamental de muchas enfermedades? Si lo era, ¿Hasta dónde nos llevaría la idea? ¿Podían considerarse los infartos de miocardio una dolencia cerebral? ¿Cómo evolucionaría la medicina si admitíamos que aquellas personas que atestaban el pabellón estaban manifestando procesos mentales a través de sus cuerpos físicos?.

         Por el momento, sólo tratábamos esos cuerpos. Actuábamos como si el corazón estuviera enfermo y el cerebro nada tuviese que ver. Estudiábamos los ventrículos y las arterias. ¿Nos equivocábamos sistemáticamente de órganos? Tales errores no eran nuevos. Por ejemplo, algunos pacientes con fuertes dolores abdominales en realidad tenían glaucoma, una enfermedad del ojo. Si operabas el abdomen, no extirpabas el mal. En cambio, si tratabas los ojos, los dolores desaparecían.

         Sin embargo, extender la hipótesis del cerebro de un modo generalizado revestía connotaciones alarmantes. Demandaba una nueva concepción de la medicina, un enfoque diferente de los pacientes y la enfermedad.

         Para poner un ejemplo muy simple, diré que todos creíamos de un modo implícito en la teoría germinal. Pasteur la había propuesto un siglo atrás, y sus postulados superaron la prueba del tiempo. Había gérmenes, microorganismos, virus y parásitos que se adentraban en nuestro organismo y producían enfermedades infecciosas. Era así, y no había que darle más vueltas.

         Todos sabíamos que estábamos más propensos a la infección en un momento que en otro, pero no se cuestionaba la ley básica de causa y efecto: los gérmenes causaban el mal. Sugerir que los microbios se hallaban siempre presentes, que era un factor perpetuo del entorno, y que por consiguiente el proceso patológico reflejaba nuestro estado mental, equivalía a invertir las tornas. Equivalía a decir que los estados mentales causaban la enfermedad.

         Si aceptabas este concepto para los males infecciosos, ¿Dónde trazarías la línea? ¿Quizá los estados mentales provocaban también el cáncer? ¿Eran responsables de los ataques cardíacos? ¿Propiciaban las artritis? ¿Y qué podía decirse de las enfermedades geriátricas? ¿Era el mal de Alzheimer consecuencia de un estado mental? ¿Lo eran, por su parte, las enfermedades infantiles, la leucemia que a tantos niños devastaba? ¿Y las malformaciones congénitas? ¿Estaba la mente detrás del mongolismo? Y si lo estaba, ¿A quién cabía atribuirlo, a la madre, al feto o acaso a ambos?

         Era obvio que las derivaciones racionales de esta idea te acercaban incómodamente a los criterios medievales, según los cuales una embarazada que sufría un susto alumbraría después a un hijo deforme. Además, toda reflexión sobre los estados mentales te conducía de forma automática al principio de culpa. Si tú mismo te infligías una enfermedad, eras el primero a quien había que reprochársela.

         A lo largo de nuestro siglo XX, la medicina había dedicado una exhaustiva atención a eliminar el complejo de culpa en los enfermos. Sólo el alcoholismo y otras adicciones conservaban intactos tales estigmas.

         Así, la noción de que los procesos mentales causaban la enfermedad parecía tener aspectos regresivos. No era de extrañar que los científicos se resistieran a desarrollarla. Yo mismo me retraje durante varios años.

         Aunque imaginaras que el infarto tenía un origen psicosomático, una vez se había dañado el músculo cardíaco debía ser atendido como una herida corporal. Los cuidados médicos que dábamos eran apropiados y justos.

         Yo no estaba tan seguro. Si, podía ser un proceso mental lo que había lesionado el corazón, ¿No sería ese mismo proceso el motor de su curación? ¿No debíamos exhortar a la gente a que invocara sus propios recursos para aliviar cualquier dolencia? No era ése, por supuesto, nuestro modo de proceder. Más bien era todo lo contrario: nos pasábamos la vida recomendando a los pacientes que guardaran cama, que lo tomaran con calma y nos dejasen a nosotros el tratamiento.

[ Mas que hablar de curación seria interesante una visión PREVENTIVA, inculcar/educar a los individuos desde la infancia, que no somos poseedores de absolutamente NADA, ( ni siquiera nuestro nombre ) sin embargo es el delgado filo de la navaja. Bajo esa figura taonada del gran vacio/nada. Que haríamos con nuestros sueños/ilusiones/metas?. O como decía el gran maestro Eudomar Santos “Como vaya viniendo vamos viendo” nos moveríamos bajo la figura caotica/ambigua ( muy típica del asesoramiento ) donde no tenemos metas viales ( al menos las “clásicas” ) y nos moveríamos/viviríamos bajo una visión en que dispondríamos de “algunas cosas” y nos acostumbraríamos/aceptaríamos a vivir momentáneamente ( kairos ) con ellas y el resto pareciera ( por el momento ) no pertenecernos, todo esto bajo el marco de una aceptación gozosa, no el de una resignación triste/pavosa de conformidad material. Vease una ampliación de esta idea aquí:

“Añadiré que, tras haber comprendido lo que debe comprender, tras haberse compadecido del dolor de los demás seres, el budista se percata de que no le queda otro modo de vida cotidiano que la alegría. Es como si ese estado, que todavía no es la felicidad pero que se aleja radicalmente de la resignación, se impusiera a él sin el haber intentado de ninguna manera conquistarlo. Si has eliminado las lamentaciones inútiles y el miedo al futuro, si no incrementas el sufrimiento por culpa de la idea que te haces de él, si ya no ves a los demás como enemigos potenciales, si no esperas de tus donaciones más que la dicha de dar y si la muerte ya no te parece un final, entonces permanecerá ante ti la dicha del mundo y del instante presente: la alegría que proporciona un rayo de sol, una sonrisa o una flor. Esa alegría, que a usted se le ha manifestado a través de un brillo en la mirada de nuestros monjes, se sitúa más allá de las nociones de esperanza y desesperación (…).

Y la alegría respeta el dharma, a los demás seres y el espíritu.

La alegría es la única solución.”
Paco Rabanne "La Iluminación del Budismo"

Otra visión que también nos pudiera iluminar al respecto ( también búdica ) es:

El Sutra del Corazón 

Tomado de: http://webspace.ship.edu/cgboer/sutradelcorazon.pdf

Traducción: José Silvestre Montesinos

Avalokiteshvara, el Bodhisattva de la Compasión, meditando profundamente sobre el
Entendimiento Perfecto, descubrió que los cinco aspectos de la existencia humana
estaban vacíos*, liberándose de este modo del sufrimiento. En respuesta al monje
Sariputra, dijo lo siguiente:

El cuerpo es tan solo vacío,
el vacío no es más que el cuerpo.
El cuerpo está vacío,
y el vacío es el cuerpo.
Los otros cuatro aspectos de la existencia humana:
Sentidos, pensamientos, voluntad y conciencia,
también están vacíos,
y el vacío los contiene.
Todas las cosas están vacías:
Nada nace, nada muere,
nada es puro o impuro,
nada aumenta o disminuye.
Así pues, en el vacío, no existe el cuerpo,
ni las sensaciones, ni los pensamientos,
ni la voluntad, ni la conciencia.
No hay ojos, ni oídos,
ni nariz, ni lengua,
ni cuerpo, ni mente.
No hay sentido de la vista, ni del oído,
ni del olfato, ni del gusto,
ni del tacto, ni de la imaginación.
Nada puede verse o escucharse,
olerse o gustarse,
tocarse o imaginarse.
No existe la ignorancia,
ni el fin de la ignorancia.
No existen la vejez y la muerte,
ni el fin de la vejez y la muerte.
No existe el sufrimiento, ni la causa del sufrimiento,
ni el fin del sufrimiento, ni un camino a seguir.
No existe el logro de la sabiduría,
ni ninguna sabiduría que lograr.
Los Bodhisattvas confían en el Entendimiento Perfecto,
y, libres de todo engaño,
no sienten ningún miedo,
disfrutando del Nirvana aquí y ahora.
Todos los Budas,
pasados, presentes y futuros,
confían en el Entendimiento Perfecto,
y viven en la iluminación total.
El Entendimiento Perfecto es el mejor mantra.
El más lúcido,
el más elevado,
el mantra que elimina todo sufrimiento.
Ésta es una verdad fuera de toda duda.
Dilo así:
Gaté,
gaté,
paragaté,
parasamgaté.
¡Bodhi!
¡Svaha!
Que significa...
Partir,
partir,
partir a lo alto,
partir a lo más alto.
¡Iluminados!
¡Que así sea!

* Vacío es la traducción habitual para el término Budista Sunyata (o Shunyata). Hace referencia al hecho de que ninguna cosa, incluida la existencia humana, posee una sustancia verdadera, lo que implica que nada es permanente y que nada es independiente por completo del resto de las cosas. En otras palabras, todo lo que existe en el mundo está interconectado y en un fluir constante. Por tanto, una correcta apreciación de esta idea nos libera del sufrimiento causado por nuestro ego, nuestro apego y nuestra resistencia al cambio y a la pérdida.

Nota: “Entendimiento Perfecto” es la traducción de Prajnaparamita. El nombre
completo de este sutra es El Corazón de Prajnaparamita].

         Abundábamos en la idea de que estaban desvalidos y débiles, que ellos nada podían hacer y que debían extremar la prudencia incluso para ir al lavabo, porque con el menor esfuerzo, ¡Paf!, caerían muertos. Tal era su indefensión.

         Aquélla no parecía la educación idónea por parte de una persona autorizada con respecto al proceso subconsciente de un enfermo. Se diría que con nuestro comportamiento pretendíamos postergar la curación. No obstante, y en la otra cara de la moneda, algunos pacientes que desobedecían a los doctores y saltaban impetuosamente del lecho morían de repente, por un vulgar retortijón. ¿Quién iba a asumir tamaña responsabilidad?

         Pasaron los años. Hacía ya tiempo que había renunciado a la medicina cuando logré formarme una visión de la enfermedad capaz de convencerme. Esta visión es la siguiente:

         Nosotros provocamos nuestras afecciones. Somos directamente responsables de todo mal que contraemos.

[ Y el destino no tiene que ver con esto?? Somos cocreadores con el destino de cierta condición ( que nos va dar “una lección que necesitamos aprender” Uff!! me parece un recurso demasiado manido! ) que nos permitirá recorrer una ruta  mas personal mas yoica]

         En algunos casos lo comprendemos sin dificultad. Sabemos que no deberíamos haber cedido al agotamiento y no habríamos pillado un catarro. Con las enfermedades más catastróficas, el mecanismo no nos resulta tan claro. Pero, veamos o no ese mecanismo, y exista o no el mecanismo en sí, lo más saludable es asumir la responsabilidad de nuestras vidas y todo cuanto nos acontece. Por supuesto, culparnos de una enfermedad no nos reportará ningún beneficio. Eso es obvio. (Rara vez es beneficioso culpar a nadie de nada). Pero lo antedicho no significa que debamos abdicar de toda responsabilidad. Declinar la responsabilidad de nuestras vidas no es salutífero.

         En otras palabras, si nos dan la alternativa de decirnos a nosotros mismos «Estoy enfermo pero no tiene nada que ver conmigo» o «Estoy enfermo porque yo lo quise», más vale que pensemos y actuemos como si fuéramos los causantes del mal. Creo que tenemos mejores visos de recuperarnos si aceptamos esa responsabilidad. La razón cae por su peso: cuando nos responsabilizamos de una situación, también la dominamos. Nos volvemos menos pusilánimes y más prácticos. Somos más capaces de plantearnos lo que podemos hacer para mitigar el mal, y para acabar venciéndolo.

[ Bueno, honestamente no creo que seamos capaces de vencer TODAS las enfermedades y condiciones, quizás seria deseable, expresar de una minimización, que permita su aceptación a la regularidad de una vida diaria, tal como hacemos con; la hepatitis, las gripes etc.]

         Además, de esta forma enjuiciamos el papel del médico desde un ángulo más realista. Un médico no es un hacedor de milagros que puede salvarnos mágicamente, sino más bien un consejero experto que quizá nos ayude en nuestro restablecimiento.

[ Que mejor definición de un asesor psicológico, me encanta ese caótico ambiguo; quizás, que pudiera sorprender a algún incauto. ]

         Es esencial que tengamos esa distinción muy clara. Cuando caigo enfermo, visito a mi médico como una persona corriente. El doctor tiene un instrumental eficaz que podría serme útil. Aunque también podría dañarme, hacer que empeore. Yo debo decidirlo. Es mi vida. Es mi responsabilidad.”

En los tempos Crichtonianos taonados.


Sanchezky